Las palabras cambio, reinvención, nueva normalidad han sido una constante para Miguel Flores, músico y conceptualista limeño, de 69 años de edad.

Un microbús lo atropelló en el año 75. En la avenida Abancay, frente al Ministerio de Educación. En medio de la pista, mientras subía al ómnibus, cambió el semáforo. El chofer cerró la puerta sin darse cuenta y arrancó. Sus brazos quedaron adentro y su cuerpo afuera. El bus avanzó media cuadra. Él terminó debajo de una llanta. Al día siguiente tenía que tocar en Huancayo con PAX, entonces exitoso grupo de hard rock. Y él era el baterista. Abandonó la batería, pero no la música. Así nació Ave Acústica, que la define como neo folclore, que sin pretenderlo lo llevó hasta Japón.

El camino de Miguel Flores ha sido de geografías diversas. Fue director del INC, gerente de ATV, tuvo una organización de gestión cultural, realizó producciones audiovisuales y ahora alista la aplicación Altoke (altokepedidos.pe) para colaborar con la comunidad shipiba de Cantagallo. A la vez, prepara un proyecto experimental sonoro con la actriz Muki Sabogal y emprende la creación de un colectivo, donde ya figura Juan Rebaza, el compositor de “Soy provinciano”.

Estudiaba Economía en la Universidad del Pacífico. Abandonó la prometedora carrera profesional por PAX. “Pero Miguel, eres un imbécil”, recuerda las palabras amargas de su tutor. “Y ahí me di cuenta de que la música me importaba más”, afirma telefónicamente desde su propio encierro, en casa, naturalmente ermitaño.

-En 1980, de alguna forma, ya eras protagonista de la digitalización del mundo.

A fines del 79, un amigo que me seguía en PAX se llevó a Japón un casete con dos conciertos de Ave Acústica. De repente llegó una carta: “señor Flores, usted se viene a Japón, elija sus tres músicos, todo pagado”. Elegí a Manuel Miranda, Lucho Sotomayor y Eduardo Freire. Pero los del INC me llamaron molestos. Ellos habían recibido el pedido formal del gobierno japonés para que vaya un grupo de músicos y ya tenían como 40 grupos de nueva canción, trova, canción latinoamericana. Pero lo mío era ruido, rock, jazz, improvisación.

-¿Dirías que lo tuyo era un acto de vanguardia?

Sí, porque trabajábamos con audiovisuales. Era novedoso, pero en formato acústico. Lo único eléctrico era el bajo y lo que se pasaba en cintas, al revés, manipuladas. Lo demás eran guitarras, percusión y vientos andinos. Era un concepto muy dislocado de una tradición. Entonces, el INC se quejó conmigo, pero les mostré mi carta de Japón, que el director de teatro me había elegido. Finalmente, la Fundación Japón dijo que se haga lo que el director de teatro pedía. Y viajamos.

-¿Y qué pasó en Japón?

Nos convocó un grupo de teatro japonés que había estado antes en el Perú. Se llevó una copia de Ollantay (obra teatral) y la montaron allá. Por eso eligieron músicos peruanos. Este grupo pidió el auspicio de Yamaha, Ajinomoto y Toyota en Japón. Fueron 15 días de funciones a sala llena, doble función diaria, mil personas cada día. Nos pusieron cinco músicos japoneses, que tuvieron un tecladista que después se convirtió en Kitaro.

-¿Y cómo se dio tu acercamiento a lo digital en esa época?

Llegué al Japón cuando el país entero había tomado la decisión de dejar atrás lo analógico.

-Hoy atravesamos una circunstancia parecida en cuanto al cambio de paradigma. ¿Aquel cambio te intimidó?

A mí los cambios no me afectan en lo más mínimo.

-Después de esa experiencia en Japón volviste con otro chip al Perú.

Te voy a contar algo que puede sonar pedante. Cuando llegué a Tokio, me presentaron al director musical japonés de la obra. A las 48 horas, yo era el director musical. No sé qué hice, pero me dijeron que yo tenía que ser el director musical. Y luego quisieron que me quede en Japón. Cuatro productores me ofrecieron trabajo. Pero dije que no.

-¿Por qué hiciste eso?

Les dije: tengo una educación privilegiada y un deber con mi país.

-Estoy convencido de que una mayoría de personas diría que sí. Y que muchos tal vez desconfíen de tus palabras.

Pero es la verdad. Yo siento que mi educación es privilegiada y quiero que mi país la utilice y no otros, y en esa lucha estoy, más o menos, desde esa época hasta ahora. Yo sé lo que tengo metido en la cabeza y hasta ahora no he podido usar ni el 5%. Los japoneses insistieron que me quede: “te vas a un país primitivo, sin recursos, sin infraestructura”.

-¿No te arrepientes ahora?

Me he arrepentido varios millones de veces, pero a la larga siento que es lo que me tocaba hacer.

-También fuiste parte de las primeras generaciones del rock en el Perú.

Soy de la tercera generación del rock en el Perú. La primera tuvo a grupos como Los Incas Modernos. De ahí vienen Los Saicos. Y luego ya aparece PAX.

-¿Cómo era visto un rockero?

Como un vago. Era una cosa de jóvenes loquitos, algo sin trascendencia. Estuve en PAX durante el gobierno de Velasco, viajamos por todo el Perú en esa época. Contra todo lo que se dice, Velasco no nos hizo nada. Nos pasaba que tocábamos en un coliseo en Chimbote y el cartel era el Indio Mayta y PAX.

-PAX fue popular.

Movía una imagen artística y una economía. Si no salimos al extranjero fue por errores estratégicos. La cantante española Janette nos quería llevar a España, porque nos escuchó en vivo. Algo nos faltó como máquina de producción.

-Y en PAX tocaste con Gerardo Manuel, que acaba de fallecer. ¿Cómo lo recuerdas?

Muy cordial, muy querendón. Tengo muchas anécdotas con él. Con él grabamos “Radar de amor” en PAX. Estuvo en el grupo como dos años.

-¿Qué dirías que hizo Gerardo Manuel por el rock?

Fue un gran promotor. Consiguió tener un programa de televisión. Se preocupó por tener un espacio para el rock peruano. Y lo consiguió. Muchos hemos querido hacer un montón de cosas y no hemos podido, y él sí lo pudo hacer. Gerardo estaba dando pasos para que esto se convirtiera en una industria. Pero estaba solo. Tuvo que pelear con todo el mundo para que le hicieran caso al rock. Tenía que lidiar con la resistencia que había de todo el mundo, que quería que el rock fuera solo algo de adolescentes inmaduros.

-¿Musicalmente cuál será el paradigma? Hoy el patrón que manda en la industria es la estética del reggaetón y sus variantes. A la par, hay muchos nichos, micro escenas.

Creo que habrá grandes mundos separados. Hay una máquina que domina cosas como la electrónica y el reggaetón. Esa música es hecha para ganar plata. Pero si entras a YouTube te topas con docenas de segmentos, cuyos artistas tienen, por ejemplo, 52 millones de visualizaciones; han creado sus propios nichos y la gente les da dinero a través de sistemas como Patreon. Hay páginas muy de vanguardia o del recuerdo, ya para élites de millones de personas. Se han generado varios mundos paralelos.

-¿Hoy qué punto de quiebre estamos viviendo?

Ahora sí es un punto de quiebre. Tenemos un problema biológico y nos hemos dado cuenta de que no hemos usado las oportunidades de las nuevas tecnologías. Todo el mundo, a la carrera, está teniendo que hacer su tarea. Hace décadas y siglos, la gente tenía hijos porque necesitaba mano de obra, porque las religiones promovían eso. Ese esquema de vida ya terminó. Ya las familias tienen menos hijos, porque ya no son necesarios. La plata no alcanza, el tiempo no alcanza. Somos más gente de la que se puede administrar. Seremos menos seres humanos.

-¿Es cierta la premisa de que la tecnología nos deshumaniza?

Sí, pero eso no debería ser visto como un pecado. Lo primero que nos deshumaniza es el mismo hecho de ser más gente de la que podemos controlar como sociedad. En un experimento con monos se puede notar: metes a dos monos en una caja y son felices, se quieren; metes cuatro monos, son amigos; metes ocho, ya no son tan amigos; metes 20, se empiezan a pelear; metes 40 y se matan. Eso es exactamente lo que nos ha pasado a nosotros. Somos más personas de las que podemos alimentar, educar, vestir, dar salud. Con la pandemia la naturaleza está buscando su punto de equilibrio. A ello se suma el desastre ecológico que hemos hecho.

-Sin ánimo de ser ‘conspiranoico’, ¿esta pandemia pudo haber sido creada?

Es imposible saberlo. Pero hay gente que lo piensa y lo pretende, tiene el dinero y la tecnología para hacerlo. La naturaleza también busca manifestarse para lograr su equilibrio. Ha sucedido antes. Los dinosaurios generaron un desequilibrio y se extinguieron; tuvieron demasiado ‘éxito’ y no tenían el cerebro para controlarlo; a nosotros nos pasa lo mismo. Hemos tenido éxito y no hacemos buen uso del éxito; ese exceso genera el desequilibrio.

-¿Cómo hacemos un buen uso del éxito?

Siendo más mesurados. Es la ambición extrema la que hace que las cosas terminen cayendo. En principio, la ambición no es mala, pero si quien es ambicioso no se da cuenta dónde debe detenerse y buscar un equilibrio, irá por el mal camino. El problema con el balance es que es aburrido.

Proyecto virtual de Miguel Flores.Proyecto virtual de Miguel Flores.

-¿Y cómo seremos después de la pandemia?

(Ríe). Exactamente los mismos.

-Pero tenemos que adaptarnos, cambiar. ¿Si no lo hacemos, seremos inútiles para la sociedad?

Sí y no. Si eres una persona convencional, eso te puede pasar. Pero cuando sujetas tu mundo en cosas como el arte, eso no te ocurrirá. Estoy trabajando con los Shipibos de Cantagallo y ellos producen obras de arte, que son absolutamente vigentes, pero necesitan un público que consuma sus obras. Por eso hemos puesto a su servicio una aplicación que les permitirá vender. Es un amarre de saber ancestral, arte tradicional y tecnologías de última generación. Siempre hay maneras de contrarrestar el efecto apocalíptico, destructivo. Cuando la gente se sensibiliza, se espiritualiza y empieza a necesitar menos recursos materiales; si esto pasa, necesitarás menos recursos económicos, mover menos dinero. Generas un posible equilibrio en el que no todo se maneja con dinero; se generan espacios de tranquilidad y de respiro para que la gente sea gente no porque grita sino porque sabe que hay algo positivo dentro de uno mismo.

-¿Ha llegado el momento del arte para generar balance?

Hay quienes dicen que después de toda pandemia viene una época donde el arte renace. Por eso el renacimiento. Podría ser que este sea un momento que apuntará en esa dirección también. La gente tiene dos opciones en el encierro: o me vuelvo loco o me doy cuenta de que hay cosas que suceden sin el movimiento físico, sin el contacto con otras personas, sin la adquisición de objetos que puedo tocar con las manos. Creo que eso generará un proceso renovador.

AUTOFICHA:

– “Soy Miguel Ángel Flores Espinoza. Tengo 69 años. Intenté estudiar Economía, pero lo dejé por la música y me dediqué íntegramente a ella. Lo que pasa es que yo estudio a título personal. Todo lo que leo son libros académicos, Lévi-Strauss, Adorno. La ficción la dejé atrás”.

– “Luis Alvarado (de Buh Records) me descubrió y ya ha sacado dos discos de mi música: uno para danza y el otro para teatro. Y tengo más música grabada. Él está viendo cuál es el tercer disco que sacará. Buh Records me ha permitido una internacionalización de mi trabajo que nunca esperé que sucediera. Pueden conocer y seguir mi trabajo en www.miguelflorese.com”.

– “El proyecto que hoy me entusiasma mucho es una aplicación que originalmente iba a ser para mover los pedidos de los restaurantes, pero nos dimos cuenta de que era un negocio complejo, y lo hemos movido para promover cultivos nativos, arte peruano y a desarrolladores”.

– “Ya hemos incorporado el primer grupo de gente que trabaja con cultivos nativos, estamos iniciando la parte de arte con los shipibos. Y, por otro lado, he encontrado un grupo enorme de desarrolladores que hacen cosas maravillosas para videojuegos, que necesitan un espacio para vender lo que hacen”.

– “También hemos conceptualizado un conjunto de eventos que combinan deporte y arte que estamos en proceso de modificar y virtualizar para poder realizarlos a pesar del confinamiento y la pandemia. Este será el punto de partida del turismo virtual más allá de la visita a paisajes y patrimonio, los cuales serán un elemento complementario en nuestro esquema de trabajo. Más información en www.perugrande.com”.