José Carlos Botto Cayo
En 2026, la creación de videos mediante inteligencia artificial dejó de ocupar el lugar de la novedad tecnológica para instalarse como una práctica cotidiana dentro del ecosistema audiovisual. Ya no se presenta como una ruptura espectacular ni como una promesa futura, sino como una herramienta integrada en plataformas, aplicaciones y flujos de trabajo profesionales. La IA audiovisual opera hoy con discreción, casi sin alarde, pero su impacto es profundo: ha modificado la forma de producir imágenes, los tiempos de creación y la relación entre técnica y autoría.
Este proceso no solo ha simplificado tareas ni reducido costos. Ha introducido un cambio cultural más complejo, relacionado con la manera en que se conciben, consumen y valoran las imágenes en movimiento. El video ya no depende exclusivamente del registro directo de la realidad ni del trabajo colectivo de un equipo técnico. Puede surgir de una instrucción escrita, de una idea abstracta o de una referencia cultural procesada por un sistema algorítmico. En ese desplazamiento, la facilidad técnica convive con una pregunta central: qué sentido conserva el video en un mundo donde producir imágenes es más fácil que reflexionar sobre ellas.
Del texto a la imagen en movimiento
Uno de los rasgos más visibles de la creación audiovisual en 2026 es el retorno del texto como punto de partida. Las plataformas de inteligencia artificial interpretan descripciones complejas y las convierten en secuencias visuales con continuidad, atmósfera y ritmo narrativo. La palabra escrita ha dejado de ser un complemento del video para convertirse en su detonante principal. El acto de escribir vuelve a preceder al acto de mirar.
Este cambio revaloriza una habilidad que parecía relegada en la cultura visual contemporánea. La calidad del video generado depende en gran medida de la claridad conceptual del texto inicial. Una instrucción vaga produce imágenes erráticas; una descripción precisa genera secuencias más coherentes. La escritura exige ordenar ideas antes de ejecutar, pensar antes de producir. En este sentido, el lenguaje recupera una función estructurante dentro del proceso creativo.
La relación entre palabra e imagen se ha vuelto más exigente. Ya no se trata de sugerir sensaciones, sino de definir con claridad acciones, estilos y atmósferas. Redactar instrucciones para una IA se aproxima cada vez más a una forma contemporánea de guionización, aunque sin las convenciones clásicas del cine o la televisión. El creador debe anticipar el resultado visual antes de verlo, lo que implica experiencia y criterio.
Paradójicamente, en una época dominada por la imagen, el dominio del lenguaje se convierte en una ventaja decisiva. La inteligencia artificial ha devuelto al texto un lugar central en la creación audiovisual. Quien no sabe escribir con precisión difícilmente logrará imágenes con verdadero sentido.
Automatización, velocidad y repetición visual
La velocidad es uno de los atributos más celebrados del video generado por inteligencia artificial. En 2026, los tiempos de producción se han reducido de forma drástica. Una pieza audiovisual puede crearse, modificarse y adaptarse a distintos formatos en cuestión de minutos, respondiendo a la lógica acelerada de las plataformas digitales y a la demanda constante de contenido.
Esta capacidad ha sido ampliamente utilizada en publicidad, redes sociales y comunicación institucional. La IA permite producir videos en serie, ajustar automáticamente duraciones y estilos, y mantener una presencia continua en el flujo informativo. La eficiencia es evidente, pero también lo es el riesgo de convertir el video en un producto efímero, diseñado para ser consumido y olvidado con rapidez.
La automatización ha generado, además, una homogeneización estética progresiva. Muchos videos producidos con IA comparten encuadres, movimientos y ritmos similares. No se trata de una falla técnica, sino de una consecuencia directa del aprendizaje estadístico de los modelos. La máquina reproduce con solvencia aquello que ha visto miles de veces.
Frente a este panorama, el desafío creativo no consiste en producir más rápido, sino en evitar que la velocidad sustituya al pensamiento. Sin intervención humana consciente, la automatización tiende a imponer soluciones previsibles y a erosionar la diversidad visual.
El oficio audiovisual frente al sistema algorítmico
Lejos de desaparecer, el oficio audiovisual se ha desplazado hacia otro lugar. En 2026, el valor del creador ya no reside exclusivamente en dominar herramientas técnicas, sino en ejercer criterio. La inteligencia artificial puede ejecutar tareas complejas con precisión, pero carece de sensibilidad cultural, memoria histórica y juicio ético.
El creador contemporáneo no compite con la máquina; la supervisa. Selecciona resultados, corrige excesos y descarta opciones. El trabajo creativo se redefine como un ejercicio de edición constante, donde la abundancia de posibilidades obliga a decidir con mayor rigor. Elegir se vuelve más importante que producir.
Este nuevo escenario exige una actitud distinta frente a la tecnología. No basta con saber usarla; es necesario saber cuándo detenerla. La IA genera imágenes, pero no distingue entre lo relevante y lo trivial. Esa distinción sigue siendo una responsabilidad humana.
En este sentido, la inteligencia artificial actúa como un filtro revelador. Expone con claridad la diferencia entre quien tiene una mirada propia y quien se limita a aceptar lo que la herramienta ofrece. El oficio no desaparece, pero sí se vuelve más exigente.
Autoría y responsabilidad en la era del video artificial
La expansión del video generado por IA ha reabierto el debate sobre la autoría. En un contexto donde las imágenes pueden crearse sin contacto con la realidad, la responsabilidad recae inevitablemente en quien decide publicarlas. La máquina no responde por el contenido; lo hace la persona que lo difunde.
Esta cuestión adquiere especial relevancia en ámbitos informativos, culturales y educativos. La dificultad para distinguir entre imágenes registradas y generadas obliga a extremar la transparencia. El video ya no puede presentarse como evidencia automática de un hecho sin contextualización previa.
En 2026, la credibilidad no depende de la calidad técnica del material audiovisual, sino de la honestidad con la que se explica su origen y su intención. Ocultar el carácter artificial de una imagen no es un detalle menor, sino una forma de manipulación.
La autoría, entonces, no se define solo por la creación técnica, sino por la responsabilidad asumida frente al público. En tiempos de IA, esa responsabilidad es inseparable del acto creativo.
Imagen, verdad y memoria colectiva
Durante décadas, el video fue considerado un testimonio privilegiado de la realidad. Esa confianza se ha erosionado. La posibilidad de generar escenas verosímiles obliga a replantear la relación entre imagen y verdad. Ver ya no equivale a creer.
Esta transformación afecta directamente a la memoria colectiva. Los archivos audiovisuales ya no pueden evaluarse solo por su apariencia. Es necesario conocer su contexto de producción, su finalidad y su grado de intervención tecnológica. La imagen se convierte en un objeto que debe ser interpretado críticamente.
La banalización visual es uno de los riesgos más evidentes. Cuando todo puede ser representado, la jerarquía de lo significativo se diluye. La memoria corre el riesgo de fragmentarse en una sucesión de estímulos sin profundidad ni permanencia.
En este escenario, el uso consciente de la inteligencia artificial adquiere una dimensión histórica. Crear imágenes es intervenir en la construcción del recuerdo social, y esa intervención exige responsabilidad.
Crear con IA sin renunciar al sentido
La inteligencia artificial no es enemiga de la creación audiovisual. Es una herramienta poderosa que amplía posibilidades y reduce barreras técnicas. El problema aparece cuando la tecnología sustituye al pensamiento y no lo acompaña.
Crear videos con IA en 2026 exige algo más que destreza técnica. Exige criterio, paciencia y una pregunta previa que la máquina no puede formular: qué aporta esta imagen al mundo que habitamos y a la memoria que construimos.
Mientras esa pregunta siga guiando el proceso creativo, el video seguirá siendo un acto humano. Incluso cuando la técnica sea artificial, la responsabilidad de mirar, pensar y decidir seguirá estando del lado del creador.

