Aquellas mañanas acompañados de Panamericana Televisión para ver a Cool McCool o la Gata Loca. O quizá a Los Beatles en dibujos o la Liga de la Justicia. Cualquiera era un buen pretexto para decir ¿Qué dice Harry? ¿Qué dice?

Desde muy pequeño mi sistema inmune funcionó muy bien. Nunca fui un niño enfermizo. A pesar de ello, mis padres padecían de severas exaltaciones cuando algo funcionaba mal en mí. Soy el hijo menor con casi 10 años de diferencia y con problemas cardíacos al nacer. Era lógico que, a pesar de mis síntomas de recuperación, en casa no me dejaran ir al nido o al colegio ante la presencia del mínimo estornudo o ante cualquier asomo de afección bronquial. Pasé muchas mañanas en casa, con mi pijama de Pato Donald y mi jugo Selva de naranja en lata, mirando en primera fila las funciones continuadas de dibujos animados de aquel Panamericana Televisión ochentero. Allí aprendí a amar el peligro. Allí aprendí a ser cool (Cool McCool).

Un esencial maestro en las malas (y a veces buenas) artes del autoboicot. Ese era Cool McCool, la versión animada del Super Agente 86 (hasta la misma voz tenían). Un detective torpe pero con buenas intenciones, un defensor de las causas nobles pero con la ley de Murphy (todo lo que puede salir mal, saldrá mal) como previsible consecuencia. Mi antihéroe favorito, con guitarra en mano y con el padre como el insuperable ejemplo de que las cosas siempre pueden salir peor.

No había aprendido a leer en español, pero Cool McCool me enseñó a deletrear antes de los cinco años. Yo, recuerdo, que era muy feliz con esa función continuada de dibujos animados en Panamericana Televisión. Aún Gisela estaba muy lejos de decir “hola, amigos como están” y Gastón (no Acurio, sino ese amigable francés de cocoa Winter) aún no tenía ni barba ni a la entrañable Noemí del Castillo como ayudante de cocina.

Aún las mañanas y mediodías eran vírgenes en la televisión peruana y los programas infantiles ya nos marcaban pautas de comportamiento para el futuro adulto. Porque, aunque sea una dolorosa confesión, también reconozco salir todos los días a la calle con el sueño de culminar un acto heroico para al final acabar autoboicoteado como Cool McCool. Porque también he conocido de amores barnizados con nocivo masoquismo como el de la Gata Loca y el ratón Ignacio. Porque alguna vez tartamudee sin pudor en momentos decisivos (¿Harry, qué dice?). Porque también quise ser el quinto Beatle (así sea solo en dibujos animados).

Para nosotros fueron ochenteros pero esas producciones ya tenían vida en los años sesenta. Quizá por la dictadura militar vimos llegar todo tarde al Perú, pero la emoción con cada episodio repetido se mantiene intacta hasta estos tiempos de cable y alta definición. No sé si estos dibujos repitan el ráting de esos años maravillosos, pero alguien debería intentarlo. Una vez y listo. Una sola emisión más de la Liga de la Justicia y sabremos si vale la pena seguir con el televisor encendido después de los noticieros de la mañana.

Antes de mi colección de los Thundercats y los GI. JOE tuve a Superman, Batman y Aquaman de los superamigos. Venían a colores y sobre una base azul que aprendí a cortar con paciencia de artesano. Con la afinada cuchilla de uno de mis tíos, les daba libertad a esos muñecos que fueron diseñados como si fueran estatuillas del Oscar. El último que sobrevivió fue Batman, símbolo duradero de la oscuridad y santo patrono de los atormentados. Aún está por aquí, algo despintado, con los brazos maltrechos y con los ojos acusadores. Como si supiera que en lugar de seguir sus batiseñales preferí la locura y la provocación del peor Guasón (y al decir el peor me refiero al mejor, es decir a Heath Ledger, un minuto de silencio).

Una mañana de 1987 desperté con escalofríos y el doctor Shimabukuro, un auténtico incendiario de los diagnósticos (me predijo asma para la adolescencia y a mis 30 años solo tuve amenaza de ahogo cuando me arrojó del tobogán del Country Club del Bosque sin saber nadar), pidió mi reposo con urgencia. Pasé una semana en casa, con mi pijama de Donald, con el jugo selva en lata y mis galletas Coronitas en tamaño decente (no como las de hoy, que parecen bocadillos traídos desde las lejanías de Liliput).

Para ese tiempo ya no existía la Liga de la Justicia, la Gata Loca aparecía con la fugacidad de un extra y Cool McCool se alistaba para cantar con su guitarra por última vez. Puede ser que esta escena no tenga exactitud matemática pero siento que estos humildes dibujos le dejaron la antena caliente a Gisela para su reinado televisivo. Cool McCool y su viejo, Harry, ayudaron para que las llamadas congestionen la central de Panamericana cada vez que la Varcárcel aparecía. Ni a ellos, ni al ratón Ignacio, ni al mongólico Ringo les dieron las gracias. Nunca.

“Yo amo el peligro”, decía Cool McCool y ese mensaje subliminal se instaló como si fuera mi decimoprimer mandamiento. Hay un extraño placer en caminar sobre las líneas más delgadas. Para ser Cool había que arriesgarse y tomar la ruta más difícil. Junto a este inspector, que de Truquini no tenía ni el abrigo, los hombres aprendimos a convertir nuestras cotidianas torpezas en la más oportuna prueba de valor. Aquí, en un rincón de mi departamento, guardo aún una vieja guitarra desafinada, con las cuerdas casi inútiles. Nadie entiende para qué la tengo si toco muy mal, si nunca me animé a llevarla para alguna serenata. No daré explicaciones, solo le pediré a Cool McCool, o a su papá Harry, que respondan. Ellos saben cuál es la única canción que aprendí a tocar.

¿Cuál fue tu dibujo favorito de esa función continuada en Panamericana Televisión? ¿Cool McCool o la Gata Loca? ¿Los Beatles en dibujos o la La Liga de la Justicia? ¿Será oportuno que las repongan? ¿Tendrán el mismo rating que hace 25 años?

Y esta pregunta de Bonus Track

¿Qué dice Harry, qué dice?

[El intro en español Cool McCool. La canción como lo diría mi primita de 12 años: “lo es TODO”]


[“La Liga de la Justicia”: no sé cuánto tiempo duró esta serie pero sí recuerdo haber coleccionado a los muñecos gracias a chocolate “Juguete”]

[“Los Beatles” en dibujos. Son antiquísimos pero funcionaron muy bien cuando los pasaron por estas pantallas. Datan de los años sesenta]


[“Harry McCool”: el papa de Cool, sus dos amigos y la frase que traspasó generaciones: “¿Qué dice Harry? ¿Qué dice?”]

[“La Gata Loca y el ratón Ignacio”: inmejorable muestra de masoquismo y amor Serrano. Una serie animada que comenzó casi a inicios de los años veinte. Aquí gustó muchísimo]

DOS DE LA MISMA

[Jeanette y «Frente a frente». Un éxito total de inicios de los años ochenta. La letra es genial y muy cierta. Un himno del desencanto. Esta canción también pudo funcionar en la película Closer. Yo me entiendo]

[«Frente a frente» pero la versión de Enrique Bunbury. De su últimos «Las consecuencias». No dejo de escucharla desde hace varias semanas]

AVISOS PARROQUIALES

1. Gracias a los que escribieron la semana pasada, prometo ahora sí retomar la frecuencia de los posteos y recuperar el tiempo perdido. Pueden seguir más detalles del blog en el grupo del Facebook y en la cuenta de este blogger en el Twitter. Las sugerencias son más que bienvenidas.

2. Aunque aún falta mucho, sería bueno que nos vayamos organizando para el próximo concierto de Capitán Memo en mayo, aquí en Lima. Ya hay un grupo que se junta hasta para ir al cine todos los viernes. Si se quieren unir a ese club de nostálgicos pasen la voz.