La noticia «científica» se ha convertido, en manos de las agencias noticiosas globales, en gancho publicitario, al margen de la calidad del contenido. Ella anuncia «avances científicos» espectaculares casi a diario, con una buena dosis de especulación infundada

Habiendo escapado de la Alemania nazi, a Albert Einstein le informaron que en su tierra natal, unos cien científicos habían firmado una carta denunciando la teoría de la relatividad. Einstein respondió: si tuvieran razón, con una sola firma bastaría.

Las ciencias naturales en sus formas de generar conocimiento no son democráticas. Una verdad científica no se decide por encuesta pública, sino confrontada a la evidencia objetiva. Tampoco se decide en debates de posturas como discusiones gorgianas, se decide confrontada a la evidencia objetiva. Existen debates, muchos, profundos, en el mundo de la ciencia, pero se trata de debates sobre la base de la evidencia. Cómo interpretar esa evidencia es un tema peliagudo, como lo es, cuál es relevante de cara a una explicación posible, pero eso no presupone la validez científica de cualquier debate. No presupone siquiera, la seriedad de cualquier debate.

No todas las opiniones tienen la misma validez, por más que cualquier individuo tenga derecho a opinar. Si un bombero argumenta sobre el procedimiento específico con el que debe abordarse la extinción de un tipo de fuego, su opinión carga un peso que no puede cargar, sobre el mismo tema, la mía, que nunca he usado un extintor, máxime si le agregamos que mi opinión no estuviera basada en los hechos, sino en pura especulación al margen de la realidad. Ponerme a debatir a mí con el bombero, presentando a ambos como ponentes equivalentes, es un desatino.

A la vez, y he aquí una belleza más de la ciencia, el ponente más encumbrado puede dar su opinión, pero esta no se valida contra su autoridad y prestigio, sino contra la evidencia que la avale. A Einstein le fue rechazado un artículo en la prestigiosa revista científica Physics Review Letter por considerarse que las ideas que avanzaba no estaban avaladas por las evidencias que presentaba. El tiempo determinó que los evaluadores habían tenido razón al rechazar el texto.

La existencia de la gravedad no es un asunto de opiniones encontradas, todas igualmente válidas. La gravedad es un hecho que constatamos en cada instante de nuestra existencia, sus efectos pueden ser medidos por las personas que se lo propongan y los resultados son reproducibles sin importar la persona que los realice, si se sigue un mínimo de rigor experimental. Luego no tiene el mismo peso, ni es igualmente válida, la opinión de quien niega la gravedad sobre quien afirma su existencia. Validar las dos opiniones puede ser tan peligroso como inducir a alguna persona a pretender salir caminando más allá de la azotea de un edificio.

La existencia del coronavirus es un hecho comprobado. La reacción inmunológica que provoca es medible, el virus ha sido aislado, su secuencia ha sido decodificada por múltiples laboratorios en todo el mundo, ha sido observado por microscopía electrónica y sus efectos sobre la salud humana son incontrovertibles. No veríamos con buenos ojos si se pretende reducir un debate sobre la existencia del coronavirus a afirmar que se trata, comparando a quien niega su existencia con quien la reconoce, de opiniones encontradas con iguales derechos. Validar las dos opiniones puede ser tan peligroso como que haya personas que decidan, sobre la base de la negación, saltarse las medidas de protección individual y social.

Análogamente a que en la sociedad existe un arte kitsch, como forma extrema del divorcio entre contenido real y simbólico, también existe una «ciencia» kitsch. Se trata de una imitación barata de la ciencia, más preocupada en la generación de símbolos culturales de dudoso valor objetivo, que en la indagación seria de las leyes y regularidades de la naturaleza y de la sociedad y sus consecuencias. En esa «ciencia» kitsch, la indagación, pongamos a modo de ejemplo ecológica, no nace de una sincera búsqueda de las leyes de los ecosistemas y de la preocupación por el impacto humano, sino de aquello poco conocido y espectacular de alguna geografía, que permita el próximo episodio sensacionalista de algún canal de televisión, o el artículo impactante (con fotos que no pueden faltar) para la revista que hallamos en algún estanquillo.

Complementaria a dicho fraude es la ciencia como espectáculo, un fenómeno cuya masificación es más reciente. La apropiación de áreas enteras de la ciencia con el fin de convertirlas en cultura de masas, para su realización como mercancía, publicidad o incentivo consumista.

Con mucho, el gigante mundial de la divulgación de temas de ciencias naturales y tecnología por televisión es el consorcio Discovery Communications, que cotiza públicamente en la bolsa de Nasdaq. Discovery Communications maneja en ee. uu. 12 canales diferentes en inglés y tres en español. A nivel mundial está involucrado en cien canales transmitidos en 35 idiomas diferentes. La generación de contenidos se realiza fundamentalmente en ee. uu.

Contrario a la imagen que se proyecta, los materiales del Discovery

Channel han sido, de manera creciente, sometidos a críticas por sus concesiones frente a la presión del mercado. Es así que en las programaciones habituales en sus canales, se mezclan productos de divulgación científica con otros, proyectados bajo el mismo paraguas de seriedad, sobre exorcismos, casas poseídas, seudociencias, y franca superchería como la existencia de vampiros, hombres lobos, ángeles y un lamentable etc.

La noticia «científica» se ha convertido, en manos de las agencias noticiosas globales, en gancho publicitario, al margen de la calidad del contenido. Ella anuncia «avances científicos» espectaculares casi a diario, con una buena dosis de especulación infundada, hecha por expertos que vaticinan las consecuencias globales de dichos descubrimientos, ya sea como panaceas universales o como cajas de pandora, pero siempre dramáticas, gigantescas. También es ciencia kitsch la que, alimentándose de ciencia bien hecha, extrapola los símbolos por ella generados con fines de espectacularidad vendible. Deforma a la verdadera ciencia en una vulgarización ridícula y mutilante, utilizando con fines sensacionalistas palabras tomadas de las ciencias: huecos negros, rupturas del tejido espacio-tiempo, cuerdas, membranas, multiverso, etc. Un amasijo de frases ingeniosas que pretenden convencer de que el consumo superficial de su lenguaje hace al receptor conocedor de la materia que se expone, e incluso crea la ilusión de que se es experto. Se intenta imponer así la fábula del tonto que, por colgarse un estetoscopio que halló en un cesto de basura, se cree médico. Con ello se crea una seudocultura científica deformada y deformadora a la que no escapan amplios sectores sociales.

En una operación con muchos puntos de contacto con la que se le realiza al arte desde las transnacionales de la información, los canales de divulgación científica como los del Discovery Communications, realizan refritos de las hipótesis y teorías científicas para el consumo de las masas. Aun cuando la ciencia pueda ser factor productivo, lo que siempre será, es producto cultural y como tal, está sujeto a las

mismas mutilaciones que sus similares artísticos y literarios: la obra científica maestra es simplificada, mutilada y reducida como papilla para neonatos. Se le cercena la complejidad formal, en este caso puede ser matemática, para totalizar la porción de espectáculo que tiene. Es así como hipótesis complejas como la de los multiversos, son reducidas a falacias efectistas, como la posibilidad falsa de que los mundos paralelos sean más o menos idénticos hasta el detalle. O las complejas teorías cosmológicas son presentadas en función de la espectacularidad de los huecos negros, vistos en el producto audiovisual no muy diferentes a los efectos especiales de una producción holywoodense. O se construyen celebridades científicas, no muy diferentes a las operaciones de marketing que crean un star-system en el espectáculo.

La vulgarización de la ciencia no es otra cosa que el reflejo de un pensamiento superficial y mediocre, que se reduce al mero espectáculo y, lejos de enseñar, pretende crear un sujeto enajenado, consumidor adicto al producto que venden. Ese pensamiento único recurre a las mismas armas que utiliza para deconstruir al arte: simplifica hasta la imbecilidad, reduce al espectador a un no-actor, o lo que es igual, un sujeto pasivo al que hay que sorprender con lo maravilloso, apela al facilismo idiotizado, repite lugares comunes para hacer creer que invita a la reflexión, mientras prefiguran a un consumidor confortablemente domesticado.

Hay que entender que la batalla por una poblaWción educada científicamente en función de lograr un individuo cada vez más pleno empieza por la educación, y ella es esencial para lograrlo, pero no se reduce a ella. Haríamos mal en importar los modos de hacer del capitalismo hegemónico, que usa esa divulgación kitsch de la ciencia ya como opio, ya como arma para mostrar la supuesta superioridad civilizatoria de su agotado sistema, o como producto sensacional vendible para el que se necesita un consumidor y no un ciudadano. Lo creador para Cuba y su proyecto socialista, es diseñar y lograr una forma de divulgar lo científico, que no sea calco colonial de lo que llega de los centros hegemónicos, sino forma original, atractiva y rigurosa, audaz y seria. Para ello, como para tantas otras cosas, haríamos bien en beber lo que Martí nos dejó de legado sobre un verdadero periodismo de lo científico, basado en un humanismo engrandecedor.