En julio de 2014 Robert Plant dejó a muchos aficionados con la miel en los labios cuando su concierto en la explanada del Guggenheim fue suspendido por una inoportuna laringitis. La fecha ahora elegida para cumplir con aquella cita no era a priori la más apropiada, con el BBK live cerrando sus puertas pocas horas antes que Plant se subiera al escenario del Bilbao Arena. Pese a ello el recinto lució con buena entrada, de un público que seguramente comprendió que la oportunidad de ver a una leyenda como Plant no debía ser desaprovechada.

Asi en torno a las nueve de la noche el chamán Plant apareció en escena para invitarnos a un viaje musical presentado a lo largo de toda la velada con el repetitivo mantra “señores y señoras pasajeros”, como una invitación a un recorrido musical que nos llevaría del blues del Delta al góspel de las Iglesias sureñas y a la costa de Gambia todo ello impregnado con la modernidad de potentes bases electrónicas. No está nada mal para una leyenda del rock que empezó a innovar a finales de la década de los 60. Aunque seguro no fue lo que la mayoría del público esperaba.

El repertorio osciló entre revisiones de su último disco “Lullaby and the Ceaseless Roar”, esa en la que está definido el sonido de su actual reencarnación. Y que viene cimentado por su banda, los Sensational Space Shifters, en la que destaca la parte étnica aportada por el multi instrumentista y griot Juldeh Camara, las bases electrónicas del Massive Attack John Bagott y sus dos enérgicos guitarras Skin Tyson y Justin Adam, por supuesto muy lejanos al guitar-God Jimmy Page, y al frente de estos la aún sexual voz de Robert Plant.

Entre ellas destacó su revisión de “Little Maggie” con las bases electrónicas creando capas sonoras sobre las que navega la madura voz de Plant. Y junto a las paradas en su obra más reciente intercaló revisiones de la banda madre como ese “Black Dog” que sigue mordiendo cuando entra en escena la característica voz en falsete de Plant.

Tomó aire entonces el concierto en un interludio acústico abierto por esa joya “That’s the Way” con el solo acompañamiento de una guitarra acústica y una mandolina. Y fue curiosamente en esa desnuda versión donde Plant se acercó más al sonido original de su obra, sin deconstruirla ni fusionarla.

La siguiente parada, el góspel de las iglesias baptistas, según Plant “el sonido más increíble que habíamos escuchado” cuando lo descubrieron. Sonó mántrica y espiritual su revisión del “Satan Your Kingdom Must Come Down” que conectó con “In My Time of Dying” con el conocido arreglo que ellos le dotaron.

Y cuando uno se preguntaba como se le había ocurrido a Plant mezclar su música con bases programadas, entra en escena “No Quarter” para recordar que a primeros de los años 70 Led Zeppelin ya andaba jugando con las posibilidades que ofrecían los sintetizadores. Reflexión que también nos vino a la mente en el momento que atacan el “No Place to Go” del Lobo Aullador, deconstruyendo el blues eléctrico de Chicago con programaciones y enlazadandolo con “Dazed and Confused” con la garganta de Plant en plena ebullición llegando a agudos imposibles y su característica forma de agarrar el pie de micro, elevándolo con su rodilla. Está claro, él creó el manual para realizar ambas cosas.

Y abierta la veda, allí se quedaron para nuestro disfrute.Siguió con el ancestral “Fixin to Die” de Bukka White, antes de llevar al delirio al pabellón con el primer bis el medley que enlazó el “Boom Boom Boom” de Hooker con el “Whole Lotta Love” Zeppeliano y “Hey Bo Didley” subiendo y bajando la canción y al público a su antojo. Tras este, otro medley el que unió “The Lemon Song” con el “Killin Floor” de Chester Burnett, demostrando Plant que ya no tiene que pedir “perdón por las deudas que ya fueron pagadas” tal y como dice el tango.

Un segundo bis fue exigido por un público ya caliente, que el amable Plant satisfizo con un “Rock and roll” que sonó potente y acelerado, pero quedó algo pálida frente a la energía del original.

En definitiva Robert Plant el tipo que decidió no quedarse en el museo cogiendo polvo y eligió la libertad de poder reinventarse, hacer proyectos más personales y pequeños, sin las ataduras de los grandes estadios y vivir anclado al viejo Zeppelin. Capaz de poner en marcha una banda como los Sensational Space Shifters con aristas muy dispares desde las bases electrónicas a las raíces africanas, todo sobre una base de rock orgánico agrandado por esa chamanica voz del viejo vikingo que todavía es capaz de dar lecciones a cualquier aspirante a frontman.


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